A FUEGO Y SANGRE; DONDE EMPIEZA EL DESEO, EMPIEZA EL PELIGRO.

PREFACIO
1 AÑO DESPUÉS
Volver a vivir cerca de ella hacía que se me estremeciese el corazón. Volver a esas calles que guardan tantos recuerdos, a aquellos bares donde permanecíamos durante horas sin tener noción del tiempo, a pasar bajo su ventana y ver que su persiana está bajada al ras y que su silueta se dibuja a través del ventanal de su salón.
Después de lo que ocurrió aquel día en Madrid solo había servido para que ella y yo estuviésemos en una constante montaña rusa de emociones. Era un constante ni contigo ni sin ti, no podíamos vivir la una sin la otra sin hacernos daño simultáneamente. Dicen que apartar de tu lado a la persona que amas porque sabes que no eres lo que esa persona necesita, es el acto de amor más puro y valiente que existe. Te quiebra por dentro, te destroza la vida, porque sabes que nunca le darás la felicidad que necesita y que serás el único causante de su tristeza.
A veces me rompo a llorar, a veces me invade el dolor, la rabia, incluso la pena.
Cada día dudo de si he tomado la decisión correcta al apartarla de mi lado, me duermo pensando en ella, en su tierna sonrisa que me ofrecía antes de dormir, en la forma de entrelazar nuestros dedos mientras una sonrisa tímida se escapaba a mitad de beso… Me duele no poder sacarla de mi cabeza y sentir este dolor tan profundo dentro de mi, pero lo que realmente a terminado de matarme es verla de la mano de otra persona que no sea yo, que sea capaz de hacerla reír, que sea capaz de hacerla volver a sentir algo nuevamente, que sea capaz de darle lo que yo nunca pude ofrecerle.
Pero fui yo quien decidió apartarla de mi de un momento para otro, sin explicaciones, sin despedidas, porque al final, lo nuestro siempre fue un amor prohibido.
Y un año después nuestras miradas han vuelto a encontrarse, mi corazón a dejado de latir.
CAPÍTULO 1: MADRID
Noto como el móvil vibra en mi bolsillo. Lo saco cuidadosamente y veo que acabo de recibir un Whatsapp de mi compañero de piso. Y al mismo tiempo mi mejor amigo. Aitor. "¿Estás en casa?, voy a subir a una amiga, por si todavía estás despierta."
Eran
las dos de la mañana, a quien queríamos engañar, no era una amiga,
era un ligue.
Escribí
"Tranqui, estoy por Sol, tienes casa libre. Te escribo cuando vaya para casa. Pasarlo bien," Y volví a
meter
mi móvil al bolsillo.
Después de mucho tiempo con insomnio había conseguido recuperar la rutina de dormir a horas prudentes, conseguir descansar y dejar mis paseos nocturnos, también porque en cierta medida a Aitor le preocupaba el hecho de que siempre como un reloj saliese a las doce de la madrugada para regresar a las seis o siete de la mañana, siempre dormía con la inquietud de si me ocurriría algo, al final, la noche es la noche; pero sin embargo desde hoy por la tarde me sentía inquieta, hacía mucho tiempo que no me pasaba, y sentía que tenía que salir esa noche y coger aire fresco, no me gustaba la gente, ni toparme con ella, me abrumaba, por eso siempre, salía cuando el resto dormía.
Hacía mucho que no salía sola de noche por el centro de Madrid. Siempre intento llevar el menor número de cosas posibles, por si las moscas. Aquí de noche todos los gatos son pardos. Salgo únicamente con tabaco y mechero, una correa con las llaves colgada al cuello, y el abono y el móvil siempre bien custodiado en alguno de mis bolsillos delanteros y algún que otro eurillo suelto. No sería la primera vez que me intentan robar y más aún por esta zona...
Subí con calma por la calle Montera para adentrarme a la calle Fuencarral en dirección hacía el barrio de Chueca, cuando caía la noche esta calle, Montera y Fuencarral eran mundos completamente distintos. En la mañana eran de las calles más transitadas y donde más turistas albergaban ya que abrazaban el corazón de Madrid, sus baretos siempre sin hueco disponible porque desde que abrían hasta que cerraban sus terrazas estaban completas y con su aforo casi al completo en su interior y sus pequeñas tiendas de moda y bisutería donde siempre era un no parar de entrar y salir gente, cientos de turistas de partes de todo el mundo lo cruzaban sin fin, pero en el momento que caía la noche, Montera se volvía el barrio rojo madrileño convirtiéndolo en una zona caliente, donde en cada esquina se consumía la prostitución ilegal y el trapicheo de drogas, en donde los carteristas desvalijaban a cualquiera que mostrase indicios de estar mínimamente ebrio. Nadie en su sano juicio caminaba por esas calles al caer la noche. Y mucho menos si eras mujer. Corrías el riesgo de que algún hombre te confundiese con alguna prostituta aún siendo una mujer con unas vestimentas normales.
Yo con el tiempo me acostumbre a la noche, y a su gente. Me acostumbré a oír, ver y callar.
A medida que me iba adentrando más en el corazón de Chueca mi ansiedad empezó a dispararse, desconocía el motivo, tenía la sensación de que esa noche ocultaba algo que terminaría implicándome directa o indirectamente. Me paré durante unos segundos en lo bajo de una marquesina. Saqué un cigarro de mi bolsillo y mientras le prendía fuego miré a mi alrededor discretamente para ver que no me estuviera siguiendo nadie y miré hacía las ventanas de los edificios cercanos. Unos senegaleses pasaron frente a mi observando si podía ser una de sus nuevas víctimas, merodearon durante unos instantes y hablando entre ellos en su idioma mientras el blanco de sus ojos apuntaba mi rostro.
Mi rostro permanecía hostil mientras daba caladas largas al cigarro, mi mirada no se apartaba de ellos. Lancé el cigarro al suelo, lo apagué con el talón sin retirarles la mirada y seguí caminando hasta llegar a la plaza casi que mirando de reojo y muy pendiente a cualquier sonido.
Al llegar todavía dos de las discotecas estaban abiertas y había un no parar de entrar y salir gente de ellas, me acerqué al pakistaní que estaba al acecho de los transeúntes con su carrito de la compra al grito de “¡Cerveza un euro! !Cerveza fría a un euro!.”
Le pedí una lata y me fui a sentar cerca del metro, a uno de los portales.
Me gustaba sentarme a beber y observar a esa gente.
Verles me hacía darme cuenta que yo no era la única persona con problemas, la mayoría era gente joven que disfrutaba de una buena noche con sus amigos, pero a mi siempre me llamaba la atención ese pequeño porcentaje al que a ojos de los demás pasaban desapercibidos. Esas chicas que salían con ojos llorosos de las discotecas para sentarse en cualquier rincón a echarse las manos a la cabeza y llorar, a esos chicos alterados que gritaban inducidos por la rabia o que incluso golpeaban objetos con tal de sentir alivio momentáneo, los indigentes que dormían en la calle, entre cartones y mantas roñosas temblando del frio y siendo su única fuente de calor los mil cartones de vino que les rodeaba… hacía que por un momento me olvidase de todo, haciéndome ver que la realidad es que todos mostramos una máscara, la que sonríe al mundo, y que cuando se la retira se da cuenta del peso que lleva encima.
También mi presencia solitaria y mi rostro poco amigable muchas veces producía intriga al resto, algunas personas simplemente pasaban por mi lado observándome y preguntándose que haría una chica sola a esas altas horas de la noche y otros decidían autoinvitarse a sentarse a mi lado para compartir sus penas o bien para ofrecerme su compañía, ya que según ellos, una chica tan guapa tendría que estar bien acompañada.
Saqué el móvil y vi que ya eran las tres y media de la madrugada así que decidí que ya era hora de volver a casa. Escribí un mensaje a Aitor y le dije que ya iba de camino.
Por las horas que eran ya no había metro, así que tenía que ir hasta Cibeles para coger el búho que me dejase en mi barrio.
Bajé hasta el Mercado San Antón y cogí la calle que iba hasta Banco España, de normal, solían ser callejuelas más tranquilas y era más difícil encontrarse con gente.
A lo lejos escuché un ruido estruendoso, algo parecido al de un cubo grande de basura caer; mi corazón empezó a latir más deprisa y mi paso también aligeró. A la altura de la Plaza del Rey volví a escuchar ese sonido solo que esta vez demasiado cerca de mí. Por instinto giré la cabeza en busca de ese ruido.
Y ojalá no haber visto lo que vi.
A no más de unos 20 metros de distancia habían dos cubos grandes de basura volcados en el suelo, y contra la pared una chica joven que vestía un vestido negro y una cazadora de cuero y la cual su boca permanecía sellada por la mano del hombre que se la tapaba para que no gritase. Tenía un cuchillo puesto en su cuello.
Estaba oscuro y no podía distinguir bien sus rostros. No se habían percatado de mi presencia.
Durante unos segundos permanecí inmóvil. No sabía que hacer. Mi cabeza se debatía entre el bien y el mal. Ser egoísta y mirar hacía otro lado como si no pasase nada y continuar mi camino, o ir en su ayuda y ser posiblemente yo la que termine con ese cuchillo en el cuello.
Agaché la cabeza, me mordí el labio, apreté los puños y continué andando pero entonces escuché el sollozo de aquella chica y sabía que si no la ayudaba caería en mi consciencia.
Me giré rápidamente y busqué cualquier objeto por el suelo que pudiese servirme de ayuda. Nada. No había absolutamente nada. Volví a mirarles y cuidadosamente crucé la acera para posicionarme por la espalda del hombre y que le pillase de imprevisto. Me agazapé y caminé hacía él con tremendo sigilo; mientras, ellos estaban forcejeando. Casi a su altura habían unos bancos y por suerte para mí había un litro de cerveza prácticamente vacío.
Lo agarré y lo empuñé.
Nada más estar tras de él le propine lo más fuerte que pude en la cabeza. La botella estalló en mil pedazos.
Un grito de dolor cernió la plaza, y unos ojos llenos de terror se clavaban en los míos.
Yo conocía esos ojos. Yo conocía a esa chica.
Él se desplomó entre mis piernas y rápidamente le tendí mi mano a ella para sacarla de ahí. Agarré con fuerza su muñeca y la acerqué hacía mi, ella me abrazó con miedo y rápidamente la puse tras de mí para protegerla. Él pocos segundos después se levantó del suelo entre tambaleos y presionando con su mano la cabeza para que dejase de salir a borbotones la sangre, empezó a gritar como loco, y a buscar su cuchillo.
Era un hombre delgado, alto y definido, de aspecto y acento latino. No sobre pasaría la treintena. Vestía unos vaqueros oscuros bastante desgastados que dejaban entre ver unos bóxers oscuros ya que los llevaba bastante caídos y una camiseta de camuflaje también bastante desgastada y ensanchada, tenía un rostro redondeado, un pelo negro despeinado, ojos color café, nariz achatada y unos dientes amarillos que se ocultaban tras la sangre. Tenía una mirada oscura, incluso podría pensar que había consumido algún tipo de estupefaciente.
- Ponte detrás de mí y no te muevas, ¿entendido? - dije sin quitarle el ojo de encima, y dando pequeños pasos hacía atrás mientras el intentaba incorporarse y mantenerse erguido.
Ella me apretaba la mano con fuerza, casi estrangulándola.
- Zorra de mierda no sabes lo que has hecho. ¡TE VOY A MATAR! - gritó furioso y se abalanzó sobre mi.
- ¡Corre! ¡Vete de aquí! - grité y la aparté bruscamente.
El hombre cayó sobre mi y uno de sus puños selló mi pómulo. Notaba como si de un corte se tratase. Me había partido el pómulo. Intenté sujetar sus muñecas a duras penas, estaban resbaladizas por el reguero de sangre, pero yo sobre todo quería controlar la mano que sujetaba el cuchillo con el filo apuntando mi cara. Conseguí atrapar su muñeca después de varios forcejeos y sujetarla a lo alto con firmeza. Su otra mano había conseguido atrapar mi cara y la aplastaba contra el suelo, notaba como la sangre que deslizaba por su cabeza empezaba a cubrir mi rostro.
- Te voy a matar zorra, ¡¿me has oído?! - empezó a reírse a mandíbula batiente mientras se acercaba a mi cara para lamerme los labios. - ¿Esto no es lo que os gusta a las putitas como tú? - empezó a lamerme la cara y el cuello de manera repulsiva.
Empezó a temblarme el brazo y se me agotaban los recursos. Solo tenía una oportunidad, y si fallaba el cuchillo atravesaría mi cara.
Saqué las pocas fuerzas que quedaban dentro de mí y volví a agarrarle del brazo, esta vez de la zona del tríceps y con la otra al mismo tiempo le lancé contra mi para propinarle un cabezazo.
Me impulsé con la cadera hacía arriba para empujarlo y poder salir de debajo de él.
Una vez salí, le arranqué de la mano el cuchillo.
Ella todavía seguía ahí. No se había ido.
- ¿Podrías ayudarme a levantarme? - dije con la respiración entrecortada.
Me tendió su mano. Y nada más ponerme en pie me abrazo tan fuerte que podía notar los latidos de su corazón. Me sumergí en ese abrazo y yo también la abracé con fuerza, le dije que estuviera tranquila, que ya había pasado todo, y que lo más importante es que a ella no le había ocurrido nada. La acaricié el pelo para que se tranquilizara y la aparté de mi para mirarla a los ojos, ella temblaba.
- Mírame Raquel, ya está, ¿vale?, dame la mano y vayámonos – intenté decir con el tono lo más calmado y pausado posible para que se sintiese segura. Ella agarro mis manos y apoyó sus mejillas en ellas a modo de consuelo.
Me giré y el hombre estaba inconsciente. El suelo estaba encharcado de sangre. Era ahora o nunca el momento para irnos. La rodeé con el brazo y empezamos a bajar la plaza. Saqué dos cigarrillos e hice una pequeña pausa para encenderlo, primero a ella y después a mí.
- Voy a llamar a emergencias, ¿vale? - dije mientras sacaba el móvil del bolsillo.
- Tienes un buen corte en el pómulo... - acarició mi mejilla y retiré su mano de mi cara.- Perdón..
- Por mi no te preocupes, se cuidarme sola, ahora hay otro problema más grave y no soy yo.
Cuando fui a buscarlo con la mirada ya no estaba ahí.
- Pero que coño… - lancé el cigarro y salí corriendo hacía allí.- ¿Dónde coño se ha metido? Joder..
- ¡¡¡JÚLIAAAAA!!! ¡¡¡AYÚDAMEEEEEE!!!
El hombre tenía un trozo de la botella que le había roto nuevamente contra el cuello de Raquel. Ese hijo de puta tenía más vidas que un gato.
Levanté las manos a modo de tregua y le dije que la dejara, que en todo caso viniera a por mí, que ella no le había hecho nada.
- ¿Y mi navaja? - dijo mientras tiraba con fuerza del pelo de Raquel hacía él.
Yo seguía con las manos en alto y me acercaba hacía ellos a pasos diminutos.
- La tengo yo, si la quieres, suéltala y ven a por ella. - La saqué del bolsillo trasero del pantalón y la lancé a unos metros de mi.- Es tuya, yo no la quiero. Solo queremos irnos de aquí, por favor.
Por un momento, el hombre dubitó, pero finalmente soltó a Raquel y vino hacía mi. Aunque Raquel no me fuese a hacer caso, volví a lanzarle una mirada furiosa indicándole que se marchara de una vez por todas.
El hombre se dirigía hacía mi con paso firme y con el brazo totalmente estirado encabezado por el trozo de cristal roto.
Tragué saliva y aunque no fuese creyente, en ese momento solo esperaba que Dios estuviese ahí para salvarme.
- Ahora si que no te vas a librar de mí, puta. - se arrodilló para coger la navaja manteniendo firme la otra mano con el cristal.
Su rostro estaba completamente lleno de sangre, unos ojos bien abiertos y llenos de histeria se clavaban en los míos, mientras una media sonrisa, casi diabólica le hacía sentir que por fin iba salirse con la suya. Se dirigía hacía mí sosteniendo tanto el cuchillo como el cristal.
Decidí hacerle creer que él tenía la ventaja, así que esperé a que llegase casi a mi altura para agacharme y darle una patada en la rodilla, y hacerle caer; cuando cayó, gritó del dolor y rápidamente miré a Raquel que observaba la escena en la distancia. Me volví a incorporar y fui hacía ella. Él yacía recostado en el suelo sujetando su pierna con las manos.
Por fin. Por fin se había terminado todo. Por fin podía ir a casa.
Cogí aire profundamente. Me sentía agotada. Caminaba prácticamente sin ganas, ni siquiera me dolía el corte de la cara. Solo quería darme un baño caliente y arroparme con las sábanas.
- ¡Júlia! - gritó. Y corrió hacía mi.
Nada más girarme noté como el filo helado de su navaja atravesaba mi piel y se clavaba en lo más profundo. Su navaja había atravesado mi costado. Sus ojos se inundaron en pánico y acto seguido echó a correr, dejando clavada la navaja dentro de mí y caí de rodillas. Empecé a escupir sangre.
- Viene ya la policía y la ambulancia, por favor no te mueras. - suplicó entre sollozos.
Mi mirada se perdió en un punto fijo. Ella me hablaba pero era incapaz de escuchar lo que decía. Cada vez me notaba más cansada, notaba como mis ojos querían cerrarse por completo.
- Mírame, mírame por favor. - agarró mi cara.- Ya queda poco Júlia, por favor. - me abrazó fuertemente, como si fuese el último de nuestras vidas.
Se apartó de mi y levanté la mano para acariciar su rostro.
Una melena rizada color azabache cubría su cara, unos ojos color café llenos de tristeza y lágrimas que ardían se deslizaban a mares por su piel blanca. Miré sus labios, carnosos que escondían una dentadura casi perfecta, aunque en ese momento intentaba entender lo que me decía mientras observaba la pequeña separación entre sus incisivos. Cada vez la escuchaba más lejana, como si de un eco se tratase.
Caí hacía atrás y ella conmigo. Notaba como los ojos empezaban a cerrarse cada vez más rápido, cada vez se me hacía más pesado volver a abrirlos.
La plaza se había inundado de luces azules parpadeantes y antes de cerrar los ojos por completo vi como gente corría hacía mi, pero mi cuerpo, no podía más y me sumergí por completo en la oscuridad.
CAPITULO
2: REENCUENTROS INESPERADOS
Cuando desperté estaba en una habitación grande, prácticamente blanca, una cristalera enorme sin cortinas que los rayos de luz atravesaban y me cegaban, cuando fui a moverme un dolor punzante me invadió. Mire hacía abajo y tenía una vía en el brazo izquierdo, retire parte del pijama del hospital y tenía un vendaje blanco enrojecido por la sangre que seguía emanando de la herida. Me seguía costando abrir los ojos y recordar porque estaba allí. Giré nuevamente la cabeza y Raquel estaba allí, dormida y arropada por una manta blanca. Intenté llamarla pero tenía la garganta seca, carraspeé. Con la mano derecha me agarré a la barandilla de la cama para intentar incorporarme. Me mareé. La cabeza me daba vueltas. Sentía como si hubiera estado toda una noche de juerga y hubiese estado bebiendo alcohol de garrafón. Cuando logré ponerme recta el costado izquierdo me tiraba, notaba como abrasaba mi piel en cada movimiento. Aún sujeta a la barandilla bajé las piernas y me mantuve sujeta ya que por segundos empezaron a temblarme. La vía y el gotero estaban al otro lado de la cama y me impedía seguir hacía la puerta así que me arranqué la vía. Un poco de sangre empezó a gotear. Con la mano izquierda sujeta al vendaje como pude fui andando, descalza, hasta el control de enfermería.
Nada más divisarme a lo lejos rápidamente se dirigieron hacía mí dos enfermeros casi corriendo para sujetarme por ambos brazos y devolverme a la habitación.
-¡Soltarme! Estoy bien, ¿vale? - me zafé de ellos. - Puedo caminar sola. - farfullé y volví con ellos hacía mi habitación.
Me volvieron a tumbar en la cama y la enfermera amablemente me pidió que le dejase el brazo para volverme a colocar la vía. Me acaricio con suavidad. Sus ojos escondían muchas preguntas a las que yo ni siquiera podía obtener respuesta. Su compañero, solo observaba el procedimiento, sin pronunciarse en toda su estancia en la habitación.
- Si no llega a ser por unos centímetros, ese hombre te hubiese matado. Tuviste suerte, te perforó entre uno de los huecos de las costillas, y ha sido un corte limpio. - dijo mientras empezaba colocarse los guantes, y abrir una de las vías.
- Que ilusión... - dije sarcástica.
Enseguida se dio cuenta que no quería saber lo que había ocurrido.
Me pidió que estirase el brazo para colocarme el compresor y poder ponerme la vía. Mi problema es que mis venas eran profundas, así que si era buena, lo haría en un abrir y cerrar de ojos, de lo contrario, me haría polvo las venas del brazo. Empezó a palpar e intento introducirla un par de veces sin mucho éxito. Terminó colocándomela en una de las venas de la mano.
- Tu amiga no se a separado de ti en ningún momento, tienes mucha suerte. - dijo sonriendo tímidamente y volteando el cuello para observar a Raquel.
Raquel permanecía recostada en aquel sofá diminuto, su pelo rizado tapaba su rostro y sus manos se aferraban a aquella manta con insistencia, sus deportivas estaban en el suelo, estaban cubiertas de motas de sangre.
- No. No es mi amiga. - dije mientras apartaba la mirada de ambas y mis ojos se fundían en aquel cielo azul tan despejado.
La enfermera no volvió a hablar.
ºººººº
- Siento mucho que estés aquí por mi culpa. - notaba como su voz se quebraba en cada palabra.
Seguí sin apartar la mirada de aquella cristalera. No quería mirarla.
Raquel y yo nos conocíamos de hacía años, aunque únicamente por puras coincidencias, al final, vivíamos en un pueblo, y como en todos los pueblos, todos se conocen.
No es que la odiase, no me había hecho realmente nunca nada malo, pero su grupo de amigas, no sabría definirlo, era como aquel grupo de víboras que sentían que eran mejor que el resto, que te miraban por encima del hombro, y que si no seguías sus directrices automáticamente te consideraban escoria. Ella siempre era la más tímida, no tenía nada que ver con ellas.
Por algún extraño motivo, siempre que la veía me fijaba en ella, me llamaba la atención. Desde siempre, y en el silencio. Aunque siempre tenía esa sensación de que yo no era la única que se fijaba, sentía como si muchas veces hubiese querido hablar conmigo pero algo se lo impidiese, sentía que yo también despertaba cierta curiosidad en ella.
Cuando coincidíamos de fiesta, alguna vez nuestras miradas se cruzaban, pero enseguida la apartábamos, aunque si ella estaba sola me saludaba y me sonreía con esa calidez que desprendía, pero delante de sus amigas, yo era un fantasma, intentaba no mirarme, nunca sabré si por miedo o por vergüenza, yo nunca fui una santa en aquel pueblo, y al final, las ovejas negras siempre son tachadas en los rebaños.
Pero sabía que esto que había ocurrido correría como pólvora entre las malas lenguas y yo, volvería a ser aquella oveja negra, descarrilada que se fue a Madrid a buscar el refugio entre la muchedumbre, a conocerse, a deconstruirse y a volver a forjar una vida sin que nadie juzgase nada de lo que hiciese.
- ¿Se lo has contado a alguien?
Mis ojos volvieron a clavarse en los de ella, y rápidamente apartó la mirada.
- Contéstame.
- No he dicho nada, de verdad.
Empezó a ponerse de nuevo a llorar y a caminar con nerviosismo de un extremo a otro de la habitación. Sabía que mentía.
- Joder… - me llevé las manos a la cara. - Quiero que te vayas. - dije en tono firme. Las lágrimas me abrasaban la piel y gire la cara para que no me viese llorar.
Raquel se acercó a mi, se medio sentó en la cama y me agarró de las manos, con fuerza.
- Mírame – suplicó – mírame Julia por favor. Yo no soy así, tienes que creerme. - apretaba cada vez más fuerte mis manos.
- Que tú no seas así, no significa que tu grupo de amigas no lo sean. Tú no entiendes que yo me fui de un sitio en donde me odiaban y donde me sentí despreciada.
- Yo nunca te traté mal… y lo sabes.
- Tu no Raquel, pero tus amigas si lo han hecho. - algo en mi empezaba a desmoronarse, y los recuerdos volvían a mi.
Aparté sus manos de las mías de forma brusca.
- Coge tus putas cosas y vete. - grité. - Ojalá no hubiese salido anoche de casa, y ojalá cuando vi a aquel tio tenerte contra la pared no haberme parado y haber seguido mi puto camino. - realmente, no lo sentí así, pero había tanto dolor en mi, que la rabia me había invadido - Porque por salvarte a ti, casi muero yo – grité mientras me señalaba a mi y a la habitación colérica.
Su cara se tornó pálida, gélida. No daba crédito a que fuese capaz de decir lo que estaba diciendo.
Empecé a ponerme nerviosa. Me sentía atrapada. Quería salir corriendo de esa maldita habitación de hospital.
Me levanté furiosa de la cama, arranqué nuevamente la vía y cogí la bolsa del hospital donde estaba mi ropa, ensangrentada y prácticamente rígida por la sangre seca.
Aparecieron de nuevo los enfermeros solo que esta vez acompañados de un vigilante de seguridad.
La enfermera que antes me había puesto la vía, esta vez venía con una jeringuilla en la mano.
- Julia, cálmate. En el estado que estás no puedes irte de aquí.
Empezaba a notar el torso caliente. Miré hacía abajo y tenía el pijama con una oscura mancha roja. Se me había abierto la herida.
Cedí con la única condición de que ella se marchase. Y así fue, se marchó.
ºººººº
Pasó una semana y por fin me dieron el alta. Aitor trajo una bolsa con ropa y deportivas para que me pudiese cambiar.
Cuando me metí en el baño y desaté el nudo de la espalda del pijama me vi por primera vez frente al espejo la herida, tenía todo el abdomen inflamado y amoratado, en tonos amarillentos mezclados con todos violetas por la coagulación de la sangre, me palpé los puntos de sutura, habían en total 6 externos, más los otros tantos que me pusieron internos. Mientras los acariciaba, se me venía la imagen a la cabeza. Como en un abrir y cerrar de ojos clavó su navaja en mí. Como Raquel me sujetaba.
Nunca sabemos lo que puede cambiar nuestras vidas de un momento para otro, hoy estás aquí, y quien sabe donde estarás mañana, o incluso, en un par de horas. A veces, no se si es el destino, la casualidad, o simplemente que tuvimos la mala suerte en coincidir en el lugar más insólito del mundo, a la misma hora.
No creo en las casualidades, pero joder. Como me iba a imaginar que aquella chica que gritaba y sollozaba sería una persona que dejé a más de 700km de distancia y que sería aquella chica en la que yo siempre me fijaba.
¿Querrá decirme algo el destino? ¿Por qué sigo viva? ¿Por qué a sucedido esto? ¿Qué hacía ella a esas horas de la noche, sola y en Madrid?
Tengo tantas preguntas…
Ojalá la vida sepa darme respuestas.
- ¿Por qué has tardado tanto en llamar? Estaba muy preocupado. - me regañó Aitor mientras me sostenía del brazo para acompañarme a su coche.
- Ya sabes como soy… - quise a toda costa evadir su pregunta. Pasamos a la altura de unos contenedores y sin medir palabra lancé la bolsa con la ropa de aquel día. - ¿Tienes un cigarro? - Aitor me miraba atónito, como si no me conociese.
Paramos un momento y sacó su paquete de Lucky del bolsillo trasero de su pantalón.
- Mala hierba nunca muere, ¿eh? - dijo mientras daba una calada a uno de sus cigarros y me pasaba el mechero.
Me reí y asentí con la cabeza mientras encendía yo el mío.
- Mala hierba nunca muere Aitor, recuérdalo.
Me volví a enganchar a su brazo y apoyé mi cabeza en su hombro.
- Ahora solo sé buen amigo y llévame a casa, necesito un baño caliente. - le supliqué con la mirada y me propinó un beso en la frente.
Continuamos andando en silencio hasta llegar a su coche. Después solamente bajé la ventanilla y disfruté de sentir el aire en la cara hasta llegar a casa. Él sabía que no tenía que preguntar, porque nos conocíamos de hacía muchísimos años y sabe que cuanto más insista, menos respuestas obtendrá. El sabe que en el momento que yo esté preparada se lo contaré.
- Por cierto Julia, una enfermera me ha dejado una nota para ti, de una chica que dijo que estuvo contigo. - dijo sin apartar la vista de la carretera y sin hacer preguntas.
Le miré, pero no contesté. Solo quería descansar. Mi cabeza en estos momentos no podía procesar más información.
Mañana será un nuevo día.
Tanto la cicatriz del costado como la del pómulo ya iban cogiendo mejor aspecto, habían pasado de tener una costra horrenda a pasar a un tono rosáceo brillante, tan solo hacía un par de días que me habían retirado los puntos. Desde aquel día todo cambió. No volví a ser la misma.
No hablaba, no comía, perdí varios kilos, había perdido el apetito. Mirarme al espejo era algo que me producía auténtico terror. Cada vez que me desnudaba para ducharme me observaba en silencio, me palpaba constantemente la herida y el rostro de ese hombre se me aparecía constantemente, daba igual si era de día o de noche, que volvía a sentir el frío de la hoja clavarse dentro de mí.
Mi pasado oscuro, volvió a cernirse sobre mí. El insomnio volvió. Todo lo que conseguí dejar atrás había vuelto a tomar vida.
Me volví a convertir en un ave nocturna, que salía noche tras noche en búsqueda de emociones fuertes. Parecía como si no hubiera sido suficiente escarmiento el de aquel día.
La rabia se apoderaba de mí, me cegaba. Y una parte de mi le buscaba con desespero entre las calles oscuras.
- Hoy vas a salir también, ¿verdad? - se apresuró a decirme Aitor que me observaba desde el pasillo con los brazos cruzados.
Tenía la puerta de la habitación abierta.
- Si. - contesté sin apartar la mirada del móvil.
Entró sin invitación alguna y se sentó en mi cama.
- ¿Quién era esa chica, Julia? Sé que no vas a querer contarme lo que pasó...pero quiero ayudarte. Necesitas ayuda.
Me levanté acto seguido de la cama.
- No necesito nada Aitor. Solo que te vayas de aquí. - exclamé. Aitor no tenía pensado salir de mi habitación sin una respuesta.
Me apresuré a ponerme mi North Face negra, coger el paquete de tabaco y el móvil que estaban encima de mi escritorio y cuando me dispuse a salir por la puerta enseguida se levantó y me obstaculizó el paso.
- Siéntate. Tenemos que hablar. - dijo con tono firme.
- Que no quiero Aitor, ¿por qué cojones no lo entiendes?
Mis ojos estaban intentando contener las lágrimas. Saqué un cigarro con las manos temblorosas y abrí la ventana de la habitación. Seguía sin poder mirarle.
Aitor deambuló por la habitación y cogió el sobre de la papelera.
- No se te ocurra abrirla. - dije mirándole de reojo.
El sobre permanecía en sus manos, lo observaba dudoso de su contenido. Me agarró de la muñeca y me sentó con él en la cama.
- Déjame ayudarte. Por favor. - suplicó con tristeza.
Le sonreí con ternura, y no pude contener más mis ganas de llorar. Apoyé mis brazos en sus hombros.
- Aitor, no puedes devolver a la vida a quien ya han matado. Y a mi, me han matado.
Aitor soltó el sobre, agarró mis brazos para acercarme a él y solamente me abrazó y me susurró “ te quiero, para mí siempre seguirás viva.”
CAPÍTULO 3:LA CARTA
Dejé la carta sobre la mesa. No la abrí. No aún. Solo con tocarla me sentí como si estuviera sujetando un pedazo del pasado, tibio todavía, palpitante. Algo en mí sabe que abrirla es cruzar una línea. Y no estoy lista.
Raquel.
¿Por qué me escribe una carta? ¿Después de todo? ¿Después del silencio, de las miradas que evitaban, de su grupo de hienas escupiéndome en los pasillos mientras ella - ella - me defendía a medias, como si no supiera dónde ponerse. ¿Por qué tenía que ser ella la única que me dolía así?
No entiendo que quiere. A veces parecía odiarme tanto como las otras. Y sin embargo...había algo. En su manera de mirarme cuando creía que no la veía. En cómo su voz se quebraba apenas cuando me llamaba por mi nombre.
¿Era compasión? ¿Culpa? ¿O algo más jodido todavía?
Me voy al salón y me recuesto en el sofá, mirando el techo como si ahí pudiera encontrar respuestas. Aitor anda por la cocina, dejando que el silencio me arrope. No ha insistido. Me dejó la carta con una cara de esas que no dicen nada pero lo saben todo. Le agradezo el silencio por no decir nada.
La carta está ahí, intacta, quieta. Pero me arde. Me arde más que la herida, más que el hospital, más que todo lo que pasó aquella noche.
No la voy abrir. No ahora. La voy a dejar fermentando. Como el vino amargo. Como las verdades que no se dicen pero que igual terminan saliendo por los ojos.
Raquel...
¿Quién mierda eres ahora para mí? ¿Un recuerdo? ¿Una herida? ¿ O esa parte de mí que nunca supo nombrar?
No sé.
Lo único que sé es que me da miedo abrir ese sobre y encontrar dentro lo que he estado negando todo este tiempo.
ººººººº
La noche cae como una manta sucia. Aitor ya se ha ido a dormir, y la casa entera parece susurrar con los huesos del pasado.
Estoy en mi cama, pero no descanso.
Me doy vueltas. Me tapo. Me destapo. Me enredo con la sábana como si pelear contra el calor fuera más fácil que pelear con lo que tengo en la cabeza.
Cierro los ojos. Me obligo. Y ahí vienen. Las pesadillas.
Primero es Madrid. La plaza. Los pasos detrás de mí. Un grito que nunca me sale de la garganta. La sangre tibia empapándome las manos.
Pero luego cambia.
Estoy en el pueblo.
El cielo es violeta, como en esas tardes de tormenta seca. Camino descalza por el camino de tierra, las casas están vacías, sin ventanas, como calaveras. Escucho risas de chicas. Voces que reconozco. Paula. Lucía. Las de siempre. Me miran desde lejos, como si fueran estatuas en llamas. Me acusan con los ojos, me llaman cosas que ya creía olvidadas.
Y entonces aparece ella. Raquel.
Está ahí, parada en el centro de la plaza. Lleva una camisa blanca que le flota con el viento. Me mira, pero no se acerca. Sonríe. Esa maldita sonrisa que nunca supe si era burla o ternura.
Me dice algo pero no la entiendo, su voz suena como el agua; como si hablara bajo el agua. Camino hacía ella, pero mis pies están clavados. Me empiezo a hundir. El suelo se abre, ella no hace nada. Solo me mira con esos ojos que duelen, como si supiera todo lo que me callo, como si me dijera sin decir "yo también".
Me despierto empapada de sudor. El corazón desbocado. Miro el reloj: 3:46 de la madrugada.
La casa está en silencio, Aitor ronca en la habitación de al lado, ajeno a mis batallas. Me levanto. No puedo más. Voy al salón.
Ahí está. El sobre.
Parece más grande de lo que recordaba, o más oscuro, como si supiera que lo estoy mirando. Me acerco, lo toco. Mis dedos tiemblan. No estoy lista, pienso, pero una voz dentro de mí responde: ¿Y cuándo mierdas vas a estarlo? Lo agarro y lo llevo conmigo al sofá, lo apoyo sobre mis piernas y saco un cigarro del paquete de encima de la mesa. Lo miro como si pudiera leerlo sin abrirlo.
Me enciendo el cigarro y entonces lo hago. Rasgo el sobre.
Y la voz de Raquel empieza a hablar desde el fondo del abismo.
ºººººººº
"Júlia, he reescrito esta carta tantas veces que ya no sé si soy yo la que te habla o una versión menos cobarde de mi misma. No se por donde empezar. Y no quiero sonar como las cartas que uno lee en las películas cuando alguien se está despidiendo. No es eso. Aunque quizá sí sea una forma de rendición. De soltar el cuchillo que llevo aferrado desde que te fuiste.
Tú no sabes lo que fue quedarme aquí. En este pueblo que siempre fue un animal mordiéndose la cola. Donde las paredes oyen y las esquinas escupen si te ven diferente.
Yo...yo no te odiaba. Nunca te odié.
No importa lo que hayas oído de Paula, de Lucía o de cualquiera de esas voces con dientes, Ellas si te odiaban, si, o algo parecido. Pero yo solo tenía miedo, de tí, de mi, de lo que sentía cada vez que me mirabas como si supieras leer debajo de mi piel. Tú eras la única que me hacía sentir que no estaba del todo muerta por dentro. Pero yo era y soy una cobarde, Júlia. Te veía pasar por el pasillo y quería detener el mundo. Quería gritarte que te quedaras mirándome un poco más. Que no dejaras de hacerlo nunca. Pero el mundo en el que crecimos no era para nosotras, no tal y como éramos.
Así que elegí el bando que no me hacía temblar, el de las risas crueles, el de las bromas fáciles,...me tragué la voz. Te traicioné, una y otra vez. Y cada vez que lo hacía, me moría un poco más.
Cuando vi como te desvanecías en mis brazos sentí que se me partía algo, como si una versión de mí se muriera contigo, una que nunca tuvo el valor de defender. No te pido perdón, Júlia. Sería demasiado fácil. Solo quiero que sepas que lo que había entre nosotras no te lo imaginaste. No eras la única que sentía. Y si alguna vez decides que quieres preguntarme por qué... estaré aquí. Aunque me odies, aunque no me perdones, aunque nunca me mires igual.
No se cuanto rato me quedé ahí sentada, me había fumado más de seis cigarros. Sé que el reloj marcaba algo pasado de las cinco, que la casa entera dormía, y que mi pecho era una jaula encerrada con candado oxidado.
ººººººº
Releí la carta, no una vez. Tres. Cuatro. Me obligué a digerir cada palabra, como quien se traga un puñado de cristales sin agua, porque eso eran sus frases; cristales. No por maldad, por verdad. Porque dolía. Porque lo sabía, joder, siempre lo supe.
Raquel sentía, lo sentía y lo negaba. Lo sentía y lo escondía bajo capas de rabia ajena, de risas hirientes, de miradas que evitaban la mía cuando lo único que quería era que me viera.
La odié.
Por todo lo que no dijo cuando debía, por dejar que sus amigas me hicieran mierda mientras ella se quedaba mirando en la sombra.
Empecé a llorar y solo me acompañaba la humareda de humo que se había formado a mi alrededor.
No esas lágrimas bonitas de las películas, lloré feo. Sola. En silencio, para no despertar a Aitor. Y mientras lloraba, me di cuenta de algo tan claro que me hirió más que cualquier puñalada:
Yo sentía algo por ella.
Y no tenía ni puta idea de que hacer con eso.
CAPÍTULO 4: UN VIEJO AMOR
La cafetera hace un ruido áspero, como si también estuviera cansada de todo esto. La luz entra floja por la ventana, rozando el mantel con esa indiferencia tibia de las mañanas que no tienen ganas de empezar. Estoy sentada en la mesa, los dedos manchados de ceniza, el sobre abierto frente a mí como si fuera un cuerpo sin vida.
Aitor entra con el pelo revuelto, todavía en pijama. Se frena apenas me ve.
—¿La leíste? —me pregunta.
No le respondo. Solo fumo. Otra vez.
—Júlia —insiste, con esa voz suave que a veces es más dura que un grito—. ¿La leíste o no?
—Sí. ¿Quieres que te lea la parte donde dice que me deseaba pero me escupía en los pasillos?
—No empieces con eso —me dice.
—¿Con qué? ¿Con la verdad?
Se acerca, apoya una mano en la silla que tiene delante, pero no se sienta. Me mira como si buscara algo que no va a encontrar.
—No me hables como si yo tuviera la culpa. Yo no te escribí esa carta.
—No, claro. Solo la trajiste. La dejaste ahí, como quien deja una bomba en el medio del salón y después se va a dormir tan tranquilo.
—¡¿Y qué querías que hiciera, Júlia?! ¿Ocultártela? ¿Quemarla? ¡Era de Raquel! ¡Y claramente te importa, aunque te hagas la indiferente!
Aplasto el cigarro con más fuerza de la necesaria. Como si pudiera apagar otra cosa además de la brasa.
—¿Y tu acaso sabes lo que me importa?
—Sé que pasaste la madrugada fumando como si pudieras tragarte los fantasmas con nicotina —dice.
No digo nada.
Él se sienta. Por fin. Apoya las manos sobre la mesa, como si necesitara agarrarse de algo.
—No eres la única que está rota, ¿sabes? Yo también te vi romperte. Y desde entonces estoy tratando de sostenerte como puedo. Pero no sé hasta cuándo.
Sus palabras me atraviesan, pero no dejo que se note. Lo miro, pero sin mirarlo del todo.
—Yo no te pedí que me sostuvieras.
—No. Pero tampoco me dejas ir.
Eso sí que duele. Porque es verdad. Y porque no tengo ni idea de qué hacer con eso.
Miro por la ventana. El mundo sigue. Como si nada.
—¿La vas a buscar? —pregunta.
—No lo sé —le respondo.
—Bueno. Cuando lo sepas, dimelo. Porque yo necesito saber si sigo estando en esta historia o solo soy el que te alcanza el mechero.
Se levanta. Se va.
La cafetera sigue echando vapor, como si también necesitara soltar.
ººººººº
El sonido de sus pasos alejándose me deja un eco hueco en el pecho. Como si cada zancada se llevara un pedazo del aire de la casa. Me quedo sola con el humo, con la carta abierta como una herida que todavía sangra. Miro el sobre. Todavía tiene la forma de sus dedos. Los míos.
Apoyo la cabeza en la mano y me veo reflejada en la ventana. Siempre me costó reconocerme. La cara demacrada, las ojeras violáceas marcadas como tatuajes tristes. El pelo oscuro recogido de cualquier manera, mechones rebeldes cayéndome sobre la frente. Hace semanas que no me maquillo. Meses que no me gusto. Estoy flaca, no de forma delicada, sino de esa flacura que viene con la ansiedad, que te deja los hombros huesudos y la piel pálida. Me veo y no sé si soy yo o una versión gastada que me quedó puesta por error.
Y Aitor…
Aitor es la contradicción más grande de mi vida. Alto, de espalda ancha, con esa barba rala que nunca termina de crecer del todo y unos ojos color miel que siempre parecen estar midiendo el daño antes de hablar. Tiene manos grandes, manos de las que agarran fuerte y con cuidado. Y sin embargo, hoy se fue como si ya no supiera si valía la pena quedarse.
Él es el tipo de persona que cuida hasta al cactus más seco. Y yo me estoy volviendo espina.
Me levanto de la mesa. Camino por el salón con los pies descalzos, el piso frío bajo la planta como un pequeño castigo. Entro al baño, me miro otra vez en el espejo. Los ojos hinchados. El cuello tenso. Me mojo la cara. Me quedo así un rato, mirando las gotas correr como si fueran lágrimas que me ahorro.
Y entonces, lo siento.
No es una decisión todavía. Es más bien una intuición. Como un bicho que se me despierta adentro. No sé si voy a buscarla. No sé si voy a perdonarla. Pero no puedo seguir así, fumando recuerdos, tragando rencores. Algo tiene que pasar.
Y va a pasar. Porque si no, me voy a pudrir.
Raquel.
El nombre me arde todavía, pero también me empuja.
Vuelvo al salón. Apoyo la carta sobre la mesa. Miro hacia la habitación donde Aitor se encerró. Sé que tengo que hablar con él. Pero no ahora.
Primero tengo que hablar conmigo.
Y para eso, tengo que volver al punto donde todo empezó.
Tal vez al pueblo.
Tal vez a ella.
ºººººº
El silencio entre Aitor y yo dura casi toda la mañana. Nos movemos por la casa como dos satélites en órbita, rozándonos sin tocarnos. Hasta que él, con ese orgullo flexible que solo tienen los que te quieren de verdad, entra al salón y se sienta enfrente mío con un plato de tostadas que huele a tregua.
—No sé si quiero hablar —le digo.
—No venía a hablar. Venía a darte el desayuno —responde, dejando el plato en la mesa con torpeza, como si temiera que el pan también pudiera romperse.
Lo miro. Tiene esa cara de después de llorar en silencio, con los ojos un poco rojos pero la voz firme. Él nunca fue de explotar. Siempre le crecían las tormentas por dentro.
—Gracias —murmuro, sin mirar el plato.
Nos quedamos un rato callados. Masticando recuerdos, más que pan.
Hasta que le digo:
—¿Te acuerdas de cuando nos conocimos?
Él levanta una ceja. Se le dibuja una sonrisa chiquita, casi invisible.
—¿Cómo olvidarlo? Estabas llorando al lado de una falla gigante, con los mocos hasta el pecho, gritando que no querías que quemaran “el dragón que brillaba”.
—¡Era un unicornio! —me río, por primera vez en días—. ¿O no era un dragón...?
—Definitivamente era una cosa con cuernos. Tú tenías diez años. Yo once. Te di un chicle para que dejaras de llorar y después me tiraste confeti en la cara.
—Y tú me seguiste todo el día como si fuéramos soldados.
—Fuimos soldados —me dice—. Lo seguimos siendo, aunque a veces tu quieras bajarte del ejército.
Me quedo en silencio. Él también.
Entonces, sin pensarlo mucho, me acerco y le apoyo la frente en el hombro. Lo siento respirar, hondo, como si el cuerpo por fin soltara algo que venía apretando desde hacía semanas.
—Perdón —le susurro.
—Te quiero, Júlia. Aunque no sepa qué hacer con todo lo que te pasa, te quiero igual.
Y ahí, sin necesidad de más palabras, el perdón queda sellado. No con frases dramáticas, sino con ese tipo de ternura que se gana con los años. Con guerras compartidas.
A media tarde, salimos a caminar. No hay destino, sólo ganas de que el aire nos saque de encima el espesor de la casa. Aitor propone un café en la esquina de siempre, el de las mesas de hierro que tambalean. Yo acepto porque no tengo fuerza para oponerme a nada. Caminamos en silencio, como dos que se conocen tanto que no necesitan rellenar con palabras.
Y entonces la veo.
En la otra calle, con una carpeta apretada contra el pecho y unos auriculares enormes colgando del cuello. El pelo rapado de un lado, más largo del otro, y ese paso decidido que siempre tuvo, como si la ciudad se abriera para dejarla pasar.
Lía.
Tardo un segundo en reaccionar. Podría fingir que no la vi. Podría girar y seguir. Pero no lo hago. La boca se me seca. Y la memoria se me incendia.
Ella me ve al mismo tiempo.
Cruza.
—Júlia —dice. No hay sorpresa, pero tampoco calidez. Como si nos hubiéramos visto ayer, y al mismo tiempo en otra vida.
Aitor, que la conoce simplemente de oídas pero que nunca llegó a ver ni en persona ni en fotos solo asiente con cortesía. Me mira de reojo, esperando alguna señal.
—¿Nos conocemos? —pregunta él.
—Sí —dice Lía.
—No —digo yo, casi al mismo tiempo.
Silencio.
Lía sonríe. Esa sonrisa que te desarma aunque no quieras.
—Bueno, eso depende de qué entiendas por conocer.
Aitor entrecierra los ojos, con esa cara que pone cuando empieza a atar cabos. La usa con mis ex, mis heridas, mis secretos. Es especialista.
—¿Vosotras...? ¿Ella es...? - no termina la frase mientras me observa con los ojos bien abiertos y nos señala simultáneamente - .
—Sí —dice Lía, antes que yo—. Fuimos algo. Hace años.
—Hace siglos —corrijo, con la voz seca.
—Tres años, para ser exactos —dice ella, como si lo tuviera tatuado.
Aitor se cruza de brazos. No dice nada, pero la incomodidad le cuelga del cuello como una bufanda mal puesta.
—Estoy yendo al estudio de mi hermana —dice Lía, señalando con la cabeza hacia Lavapiés—. Si quieres, pásate. Tomamos algo. Hablamos.
No digo nada.
Ella asiente, como si esperara ese silencio. Justo me llaman por teléfono, me aparto unos instantes y Lia y Aitor se quedan hablando hasta que regreso.
—Igual, si no quieres, también está bien. A veces no hace falta desenterrar. Aunque... hay cosas que no se entierran del todo, ¿no?
Me toca apenas el brazo al irse. Un roce mínimo. Pero se me queda pegado como si me hubiera marcado con fuego.
Cuando desaparece entre la gente, Aitor me mira sin decir nada.
—¿Y esa? —pregunta por fin, bajito.
—Esa fue una bomba. Una de esas que no explotan al principio, sino cuando ya te piensas que zafaste.
—¿Quieres hablar?
—No ahora.
—¿Quieres ir a verla?
Me quedo en silencio. La ciudad sigue vibrando alrededor, pero yo estoy adentro de mí, peleando con recuerdos que creía oxidados y ahora brillan con filo nuevo.
—Tal vez.
Y eso es lo más cerca de una decisión que he estado en días.
ººººººº
La carta de Raquel sigue donde la dejé, abierta como una herida mal cerrada. La he releído dos veces más, y cada palabra se me queda enganchada en los dientes. No puedo más. Me está empezando a faltar el aire en mi propio cuerpo.
Me levanto del sofá como si tuviera un resorte bajo los pies. Aitor me mira desde la cocina, con una lata de cerveza en las manos y esa cara de "no voy a preguntar pero lo sé todo".
—¿Sales?
—Sí.
—¿A dónde?
—A ver a Lía.
Hace una pausa. Me estudia. Elige cada palabra como si fueran minas antipersona.
—¿Seguro?
—No.
—¿Quieres que te diga que no vayas?
—No. Solo quiero dejar de pensar en Raquel por una hora.
Él asiente. Deja la lata en la mesa. No me detiene. Lo quiero por eso.
Salgo.
Las calles de Lavapiés están medio vacías, con ese aire de domingo que se mezcla con olor a ajo frito y música lejana. Camino rápido. El estudio de la hermana de Lía está a diez minutos. Cada paso parece un salto a otra vida. Me doy cuenta de que no tengo un plan, no sé qué le voy a decir. Solo sé que si me quedo en casa, me rompo.
Llego. Timbro. Me duele el pecho como si tuviera fuego adentro.
—¿Sí?
—Soy yo.
—Sube.
Me abre. La puerta del edificio tiene esa humedad de los edificios antiguos. Subo por las escaleras. No quiero ascensor. Necesito sentir que me muevo, que hago algo.
Cuando me abre la puerta, Lía está en pantuflas y una camiseta de Joy Division. El pelo mojado, la cara limpia. Huele a incienso y a algo que no puedo nombrar pero que se parece a la casa que compartimos una vez por un mes que parecía eterno.
—Hola —dice, sin sonrisa.
—Hola —respondo.
Nos miramos. Y durante un segundo, nada duele.
—¿Quieres una cerveza o quieres hablar?
—Las dos.
Ella se ríe. Y me la da.
Nos sentamos en el balcón, con la ciudad estirada abajo como un animal dormido. Tomo un trago. Y siento que el mundo afloja, aunque sea un poco.
—¿Quieres decirme qué haces aquí en realidad? —me pregunta sin rodeos.
—Quiero olvidarme de alguien. Por un rato. Y tú... tú siempre fuiste buena para eso.
Ella me mira con esos ojos oscuros, cansados, sabios. Como si supiera que está jugando con una bomba que ya le explotó una vez.
—No soy un parche, Júlia.
—No te he pedido que lo seas. Solo... no quiero estar sola esta noche.
Silencio.
Ella asiente.
Y yo respiro.
Por primera vez desde que abrí esa maldita carta, respiro.
ºººººº
Lía entra y saca uno de sus mil discos de vinilo para ponerlo en el tocadiscos. Algo suave, con guitarras que se arrastran como cuerpos cansados. Ya perdí la cuenta de las cervezas. Mis mejillas arden, no sé si por el alcohol o por cómo me mira.
Estamos en el suelo del salón, rodeadas de botellas vacías, de cenizas en una bandeja que alguna vez fue de incienso. Ella habla de su hermana, de su nueva tatuadora, de la clienta que le pidió una libélula en el culo. Me río. De verdad. Con la garganta abierta.
—Extrañaba esto —le digo, sin pensar.
—¿Esto?
—A ti. Nosotras. La facilidad.
—No era tan fácil, Júlia.
—Lo parecía.
—Porque estábamos borrachas la mitad del tiempo.
Reímos otra vez. Me recuesto. Ella se tumba a mi lado, el brazo rozando el mío.
—¿Te acuerdas de aquella noche en la azotea de mi amiga? —pregunta.
—¿La del vino barato y las luces navideñas?.
—Sí. Ahí fue la primera vez que te vi llorar.
Trago saliva. El recuerdo me pica en la garganta.
—¿Y tú?
—La primera vez que me dejé querer.
Se gira. Su cara está a centímetros de la mía. La música sigue, pero ya no la escucho.
—¿Qué estamos haciendo? —murmuro.
—Tú solo viniste a olvidarte de alguien. Yo solo estoy aquí.
—No quiero confundirte.
—Ya estoy bastante confundida, pero no es culpa tuya.
Silencio.
—Si te beso, ¿te vas a ir?
—No.
—¿Si no te beso, te vas a quedar?
—Tampoco.
La risa se nos enreda. Entonces ella se inclina y me roza los labios. Lento. Con esa forma suya de entrar sin pedir permiso pero sin empujar.
Le devuelvo el beso.
Y en ese momento, la carta de Raquel, el pueblo, Aitor, todo desaparece.
Solo queda la lengua de Lía y su mano en mi cintura. Su cuerpo encima del mío, sus piernas entrelazadas con las mías. Me besa como si estuviéramos a punto de rompernos y quisiera recordarme con la boca todo lo que ya se le olvidó decir con palabras.
Y yo la dejo.
Porque por una noche, quiero que alguien me nombre sin hacerme daño.
Lía se acercó para agarrar otra cerveza del suelo, pero en el movimiento, sin querer, me rozó el costado. Justo donde empieza la cicatriz. Me tensé. Ella lo notó.
—¿Qué es esto? —preguntó, bajando un poco el tono.
—Nada —dije, instintiva, como quien tapa una herida vieja con una servilleta de bar.
Ella me miró. No me creyó, claro. Con Lía nunca pude esconder demasiado. Me tomó de la cintura con suavidad, como si tocara algo sagrado o frágil.
—¿Te duele?
—Ahora no —respondí—. A veces. En la ducha. O cuando hace frío. Pero más que doler... pica. Como si todavía no cerrara del todo.
—¿Qué pasó?
Me quedé en silencio. Tragué saliva. Ella esperaba. No presionaba, solo estaba ahí, con esos ojos suyos que siempre supieron mirar sin apurar.
—Una noche, en Madrid. Volvía sola. Me siguieron. Fue rápido. Una navaja. Mucha sangre. Aitor me encontró —dije. Corto. Frío. Como un telegrama.
Ella bajó la mirada. No dijo nada. Solo apoyó la frente en mi hombro, despacio.
—¿Y la carta? —preguntó, sin levantar la cabeza.
—¿Cómo coño sabes lo de la carta?
—Aitor me lo dijo cuando te fuiste a hablar por teléfono. No todo. Solo que te removió algo.
—No es “algo”. Es Raquel una chica que conocí hace años en aquel pueblo del infierno.
Lía levantó la cabeza entonces, me miró largo.
—Claro —dijo, casi sin voz.
—No sabía a quién llamar. No quería estar sola. Pero tampoco quería respuestas. Solo... no sé.
—Querías no pensar. Yo también.
Nos quedamos en silencio un rato. Solo el disco girando. Solo el calor en el pecho. Solo su mano aún sobre mi costado, sobre la cicatriz.
Y entonces, como si fuera la cosa más natural del mundo, ella se inclinó hacia mí.
ºººººº
Lía me besa con la boca entreabierta y la memoria encendida. No es un beso torpe ni precipitado. Es uno de esos que recuerdan. Que reconocen. Como si el cuerpo supiera volver a una habitación que una vez fue suya.
Sus dedos se enredan en mi camiseta, lentos, seguros, como si tantearan una respuesta en mi piel. Yo me dejo hacer. No pienso. No hablo. Solo la escucho respirar mientras su mano se cuela por debajo de la tela y roza mi cintura.
Me tiendo en el suelo, entre cojines y botellas vacías, y ella se acomoda encima, su peso exacto, su olor a jazmín viejo y tabaco suave.
Nos miramos. Ese segundo antes de todo. Ese instante en que podría arrepentirme, pero no lo hago.
—Hace mucho que no te tocaba —dice, casi sin voz.
—Hace mucho que no me tocaban así —respondo.
Y entonces vuelve a besarme. Esta vez más abajo. En el cuello. Detrás de la oreja. Con la boca tibia y los labios abiertos, dejando una estela que me eriza.
Mi cuerpo reacciona antes que yo. Se arquea, se entrega, se rompe un poco. Como si algo que había estado apretado demasiado tiempo empezara a aflojar.
Le quito la camiseta. Ella me quita la mía. Y por un momento no hay nada más que piel con memoria. Con cicatrices. Con nombre.
Sus manos recorren mi espalda, mis costillas, mis caderas. Me conoce. Me recuerda. Y eso duele. Porque no debería sentirse tan bien ser recordada por alguien que ya no te pertenece.
Nuestros cuerpos se encuentran despacio, con hambre vieja, con deseo sin nombre. No hay prisa. No hay urgencia. Solo dos mujeres que se han querido mal y se desean bien, por una noche.
Cierro los ojos. Su boca me encuentra.
Y por unos minutos desaparece todo.
Solo queda Lía.
Y yo, rompiéndome despacito entre sus manos.
ºººººº
Despierto con la primera luz filtrándose por las persianas torcidas. El aire huele a incienso apagado, a cerveza tibia, a sudor y a algo dulce que no logro identificar. Estoy en su cama. Desnuda. Enredada en las piernas de Lía, con una manta raída cubriéndonos apenas las caderas.
No sé en qué momento terminamos aquí. No sé en qué momento dejé de pensar.
Ella duerme con la boca entreabierta, respirando lento, una mano sobre mi costado como si me reclamara incluso dormida. Tiene el pelo revuelto sobre la almohada, las pestañas húmedas de sueño.
Y yo la miro como si verla doliera.
Me quedo quieta. Podría quedarme así horas, pero sé que no debo. Esto no es un hogar. Es un paréntesis.
Me muevo despacio. Trato de no despertarla. Pero no soy tan sutil como creo.
—¿Ya te vas? —murmura con los ojos cerrados.
Me detengo.
—No lo sé —respondo, bajito.
Ella abre los ojos, legañosos, oscuros. Me estudia. No hay rencor en su mirada. Solo una especie de cansancio antiguo.
—No me mires como si me hubieras robado algo —me dice—. Lo que pasó anoche... yo también lo quise.
—Lo sé —susurro.
—¿Entonces?
—Entonces... no sé si fue una despedida o una recaída.
Ella se incorpora un poco, se apoya en el codo.
—Tal vez fue las dos.
Nos quedamos en silencio. Afuera, un camión de basura hace su ronda. Un vecino enciende la radio. La ciudad empieza a vibrar de nuevo y yo siento que ya no puedo estar ahí.
—Tienes que hablar con él —dice Lía de repente.
—¿Con Aitor?
—Sí. Te conoce. Sabe más de ti de lo que tú misma quieres admitir. No lo dejes afuera de esto.
—No está afuera. Está... justo en el medio.
Lía asiente. No dice nada más.
Me visto en silencio. Recojo el móvil del suelo, la chaqueta, mis llaves. Antes de irme, me acerco a ella.
—Gracias por anoche.
—No me agradezcas. No somos desconocidas, Júlia.
Nos miramos un segundo más.
Y salgo.
Bajo las escaleras con el corazón enredado. El sol golpea la acera con esa luz madrileña que no perdona. Camino rápido, sin rumbo claro. Lo único que sé es que tengo que ver a Aitor.
Y después…
Después vendrá el pueblo.
Raquel.
La herida que todavía sangra.
Pero ahora mismo, solo puedo con un paso a la vez.
CAPÍTULO 5: DECISIONES
La puerta se cierra a mi espalda con ese sonido denso, como de final. Bajo las escaleras despacio. Siento la ropa pegada al cuerpo, el olor de la noche todavía en la piel, el calor del alcohol ya disipándose.
Madrid huele a pan recién hecho y a cansancio de lunes. A día después.
No me permito pensar. Camino. Llamo a Aitor cuando estoy a tres calles de casa.
—¿Estás despierto?
—Sí. ¿Dónde estás?
—Cerca. ¿Puedes poner la cafetera?
—Ya está puesta.
Silencio. Cálido. Como antes. Como siempre.
Cuando entro, Aitor está en la cocina, con una taza en la mano y el ceño un poco fruncido. Lleva esa camiseta gris vieja que usa para dormir y unos pantalones de deporte que ya le cuelgan por puro desgaste.
Tiene ojeras. Y algo en la mirada que no me juzga pero tampoco me suelta.
—Gracias por no preguntar —le digo, cogiendo la taza que me ofrece.
—No hace falta. Te conozco. Y hueles a... sexo y alcohol.
Sonreímos. Apenas.
Nos sentamos en el sofá, con las piernas cruzadas, el vapor del café entre los dos.
—He estado con ella —digo por fin.
—Me lo imaginaba.
—No fue… planeado.
—Tampoco fue un accidente.
—No. Tienes razón.
Silencio. Pero no incómodo. Silencio de los que se entienden sin hablar.
—Nunca estuve enamorada de Lía —añado, bajando la voz—. Pero cuando estoy con ella, desconecto. Me borro. Y a veces eso me parece suficiente.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero dejar de borrarme. Quiero ir al pueblo. Quiero abrir la maldita herida del todo y ver si queda algo mío debajo.
Aitor asiente. Se pasa la mano por la barba, inquieto.
—Voy contigo si quieres.
—Sé que lo harías. Pero esta vez necesito hacerlo sola.
Se inclina y me abraza. Un segundo. Fuerte. El tipo de abrazo que no necesita palabras.
Entonces suena su móvil. Lo mira. Frunce el ceño. Extrañado. Un número que no reconoce, pero una foto de perfil que si distingue quien es.
—¿Quién es? —pregunto.
—Lía.
—¿Lía?
—Sí. Me acaba de mandar un audio.
—¿Lo vas a escuchar?
—No. No si tú no quieres.
Le hago un gesto. "Adelante".
Aitor pone el altavoz. La voz de Lía suena más clara que anoche, como si el día la hubiese despertado con certezas.
"Sé que no te gusta que te metan en medio, Aitor. Pero tienes que estar cerca de ella. Julia no se va a romper por esto. Pero si se rompe... no será por mí. Tú sabes de qué hablo. No la dejes sola, aunque te lo pida. Tú eres casa. Y a ella no le quedan muchas de esas."
Aitor me mira, con los ojos brillantes. No dice nada.
Y yo tampoco. Porque Lía, sin querer, lo ha dicho todo. Porque en mitad de la noche, había cogido mi móvil y había anotado su número.
ººººººº
Estoy fregando la taza, como si limpiarla pudiera darme algo de orden por dentro. Aitor se apoya en la mesa, con los brazos cruzados, observándome. Tranquilo. Con esa mirada suya que no presiona pero te arranca la verdad.
—¿Quieres contarme cómo conociste a Lía? Porque nunca me la llegaste a contar.
Me río, sorprendida.
—¿Ahora?
—Sí. Llevo años intentando montar esa historia por mi cuenta en mi cabeza. Me la debes.
—Está bien —respondo, secándome las manos en el pantalón.
—Fue en un garito, por tribunal. Cuando las fiestas del 2 de mayo.
Yo tenía veinte. Ella veintitantos. Fui con unas amigas, tú estabas en la sierra con tus primos. Me separé del grupo en medio del caos: el fuego, la música, la gente. Había petardos por todas partes. Me saturé. Me metí en una callejuela para respirar.
Y ahí estaba ella. Sentada en el suelo, sola, con una botella de agua y una camiseta de los Rolling Stone. Me preguntó si estaba bien. Le dije que no me gustaba el ruido. Me respondió: “A mí no me gusta la gente que se va cuando el ruido pasa”.
Nos quedamos juntas esa noche. No pasó nada físico. Solo hablamos. Me hizo reír. Me hizo preguntas raras. Me miró como si ya me conociera. Pero no volví a verla, no anotamos ni el número ni el instragram.
Un año después me la crucé en un bar en Lavapiés. Estaba con otras personas. Me reconoció. Me saludó como si no hubiese pasado ni un día. Y desde entonces... ya sabes.
—Ya sé —dice Aitor, esbozando una media sonrisa.
—No fue amor. Fue otra cosa. Pero me marcó. A veces una persona te enseña un idioma que no sabías que hablabas.
ºººººº
Estoy en el sofá, con las piernas recogidas, un cuaderno en el regazo. No escribo nada. Solo trazo líneas, círculos, formas sin sentido.
Aitor entra con dos tazas. Me deja una a mi lado y se sienta en el suelo, (y sí, éramos prácticamente dependientes al café) apoyando la espalda contra el sofá. Su camiseta negra está dada de sí y el pelo revuelto y despeinado con mechones rebeldes.
—¿Y si nos vamos? —le digo de pronto, sin mirarle.
—¿A dónde?
—Al pueblo. Como vacaciones. Tú y yo. Sin dramas. Sin explicaciones.
Se queda callado. Sé que no se esperaba que lo incluyera.
—¿Estás segura?
—No. Pero eso nunca ha detenido a nadie.
—¿Y Raquel?
—Ya me encontrará. O no. Pero si tengo que volver a ese sitio… quiero hacerlo contigo. No como castigo. Como algo... nuestro.
Aitor se gira y me mira desde abajo, con los ojos achinados por la luz. Sonríe, pero no con alegría. Con algo más tierno, más íntimo. Como si acabara de entender algo que llevaba mucho tiempo esperando.
—Entonces vamos. Pero esta vez me dejas elegir la música del coche.
—Ni de coña.
—¡Julia!
—Vale, la mitad.
Nos reímos. Por primera vez en días, nos reímos como antes.
Estoy sentada en el suelo, sacando ropa del armario. No mucha. Ropa cómoda. El viaje no es largo, pero el regreso sí lo es.
Doblo una sudadera y la meto en la mochila. Me detengo un momento y paso los dedos por el tejido. Era de mi madre. La usaba para dormir cuando estaba triste.
Respiro hondo.
Aitor aparece en la puerta. Me observa en silencio. No entra. Solo está ahí, como siempre.
—¿Lista?
—Nunca lo estoy. Pero eso tampoco ha cambiado.
Me levanto. Me acerco. Y sin pensarlo, le abrazo. No ese tipo de abrazo que se da cuando algo duele. Este es distinto. Un "gracias por seguir aquí". Un "no sé qué haría sin ti".
Aitor me rodea con los brazos, me aprieta un momento y después se separa lo justo para decir:
—Pues prepárate. Porque si vamos juntos al pueblo… vas a tener que explicarme por qué demonios todo el mundo te miraba raro cuando íbamos de visita.
—Prometo contártelo. Con cerveza en la mano y pies descalzos.
—Eso suena a trato.
El coche avanza por la A3. Las señales de tráfico se suceden. Atrás quedan los bloques grises, las calles cargadas de ruido. El retrovisor refleja una ciudad que se hace más pequeña.
Aitor lleva las manos en el volante. Yo, los pies descalzos sobre el salpicadero. Suena un disco viejo de Sabina que él insiste en que es un clásico.
—¿Y si no encontramos nada? —le pregunto.
—Entonces encontraremos otra cosa. Aunque solo sea un silencio nuevo.
Miro por la ventana. Los campos empiezan a teñirse de ese verde amarillento de junio. El pueblo está cada vez más cerca. Y lo que fui, también.
Pero no me siento sola.
Y eso, ya es un milagro.
CAPÍTULO 6: VUELTA LA PASADO
Llevamos ya más de una hora conduciendo. Aitor maneja tranquilo, con una mano en el volante y la otra tamborileando el ritmo de la canción que suena bajita. Fuera, los campos se abren como un horizonte interminable. El sol de primera hora se cuela por la ventanilla.
Estoy viendo el paisaje, algo ausente, cuando me sobresalto.
—Mierda. No he avisado a mi madre.
Aitor me lanza una mirada rápida.
—¿Quieres que pare?
—No, da igual. Le escribo.
Saco el móvil. Escribo con el pulgar torpe, como si no supiera por dónde empezar. Al final escribo:
"Hola, mamá. Aitor y yo estamos de camino, vamos a estar un par de días, que nos apetece desconectar. Te llamo cuando lleguemos, besos."
No espero respuesta inmediata, y casi me alivia. Vuelvo a guardar el móvil en el bolsillo del pantalón y miro al frente. Silencio.
Aitor rompe el aire.
—¿Te da miedo verla?
—No a ella. A lo que representa.
—¿Qué representa?
—La niña que no dijo nada cuando debió gritar. La que se calló hasta romperse por dentro.
Aitor no responde de inmediato. Baja el volumen un poco más.
—¿Sabes? A veces me pregunto qué habría pasado si tú y yo... —hace un gesto vago con la mano— si lo nuestro hubiera sido de otra manera.
—¿Cómo?
—Ya sabes. Si nos hubiéramos liado. Si hubiéramos sido “nosotros”.
Sonrío. Es una sonrisa triste. Porque esa conversación la hemos tenido otras veces, pero nunca con tanta verdad.
—Nos habríamos roto —le digo—. Como esas amistades que se doblan mal y ya no encajan nunca más.
—¿Y si no?
—Entonces… me habrías visto llorar como lo hice en casa de Lía, y no habrías sabido qué hacer con eso.
—Puede. O puede que sí lo supiera.
—Aitor… tú y yo tenemos algo más difícil que el amor.
—¿El qué?
—La certeza de que no necesitamos fingir que lo nuestro debe ser otra cosa para que valga.
Él asiente. No hay resentimiento en su cara. Solo un leve temblor en la mandíbula. Como si aceptara que perderme de ciertas formas fue también una forma de ganarme en otras.
—Te quiero, ¿sabes? - dice mirándome con los ojos vidriosos.
—Y yo a ti —respondo—. Pero no me mires así o me voy a echar a llorar y luego me va a doler la cabeza y vas a tener que parar a comprarme una Coca-Cola.
Ríe. Ríe de verdad.
—Joder, qué asco das a veces.
—Y tú cocinas fatal.
—Eso es mentira.
—No, es amor.
Silencio. Cálido. Honesto.
ºººººº
Estoy mirando por la ventana, con la cabeza apoyada en el cristal, pero ya no veo el paisaje. Estoy en otra parte.
—No me contaste si te respondió tu madre —dice él, de pronto, con voz suave.
—No. Ni falta que hace —respondo sin pensarlo.
Aitor me mira de reojo, no dice nada. Ya sabe que a veces, cuando contesto así, es porque estoy empujando contra algo que quiere salir. Y no tarda en salir.
—Aitor… ¿tú sabes lo que es crecer sin que te toquen?
Él frunce ligeramente el ceño, pero espera.
—Mi madre nunca me abrazó. Nunca me dijo que estaba orgullosa de mí. Nunca me preguntó si era feliz. Solo si había limpiado la mesa. Si había recogido mi cuarto. Si iba bien vestida. Si sonreía delante de la gente.
Me río, pero es una risa seca, sin humor.
—Yo aprendí a no llorar porque llorar la ponía furiosa. Me gritaba que dejara de hacerme la víctima. Que no estaba tan mal. Que hay niñas que se mueren de hambre y que yo tenía cama, colegio y comida.
—Julia…
—Me enseñó a fingir, Aitor. A sonreír aunque tuviera un nudo en la garganta. A callarme cuando quería gritar. A encogerme. A volverme invisible para no molestar. Para no "ser un problema".
Hago una pausa. Trago saliva.
—La primera vez que me pilló fumando, me cayó la de dios. Tenia, no se, doce o trece años... Me llamó de todo, bueno y también me pegó... - mis ojos se perdían por aquel paisaje - pero encontré la salvación en eso, aunque luego me destruyera...
Aitor seguía escuchando, sin interrumpir, paciente a mis pausas.
—Esa noche no me habló. Me quitó el móvil, me prohibió salir. Pero no era eso. Era cómo me miraba. Como si ya me hubiera condenado. Me dijo que si iba por ese camino acabaría sola, o incluso muerta. Que las mujeres así eran infelices, raras, inestables. Que a ver qué iban a pensar en el pueblo cuando vieran que su hija de doce años ya estaba viciada a esa porquería. Que ya bastante tenía ella con lo que decía la gente sobre mi padre.
—¿Tu padre?
—Se fue. Cuando yo era pequeña. Y ella nunca me lo perdonó. Creo que siempre me vio como una extensión de él. Como una herida que nunca cerró.
Me quedo en silencio. Me doy cuenta de que tengo los ojos llenos de lágrimas, pero no dejo que caigan. Aitor tampoco dice nada. Solo extiende la mano entre los asientos y la deja ahí. La agarro.
—No quiero verla —susurro—. No sé si puedo. No sé si voy a poder estar en esa casa sin volver a tener doce años y sentir que no valgo nada.
—No tienes que quedarte en esa casa —dice Aitor, serio—. Nos quedamos en la de mis padres. O en un hostal. Donde tú digas. Pero no tienes que volver a cruzar esa puerta si no lo quieres.
Asiento, sin hablar.
Y mientras el pueblo se acerca, siento que la niña que fui sigue ahí, con los puños apretados y el corazón encogido.
ºººººº
El cartel oxidado de entrada al pueblo sigue ahí. Doblado por el viento, medio cubierto de polvo y malas hierbas. Aitor baja la velocidad mientras pasamos junto a él. Yo trago saliva.
Estamos aquí.
Las calles son más estrechas de lo que recordaba. Las fachadas, iguales pero diferentes, como si el tiempo se hubiese colado por las rendijas y lo hubiese ido cambiando todo en silencio. En algunas casas hay ropa tendida, en otras, persianas cerradas como párpados cansados.
—¿Quieres parar en el súper? —pregunta Aitor—. Por si esta noche nos da por comer algo decente.
Asiento sin pensar. Algo simple, mundano. Comprar pan, queso, fruta. Algo que me ancle al presente.
Aparcamos junto a la plaza. Me bajo del coche y el aire huele a tierra caliente y a pan recién horneado. Caminamos hasta el supermercado. Es pequeño, con el toldo descolorido y los mismos carritos metálicos que chirrían al empujar.
Dentro, el fresco de los congeladores nos recibe como un respiro. Aitor se entretiene comparando cafés. Yo me pierdo entre los pasillos, hasta que doblo una esquina y la veo.
—¿Julia?
La voz me alcanza antes que la mirada. Me doy la vuelta y ahí está.
—¿Clara?
Clara. Con el pelo más corto y rizado, una camiseta con manchas de pintura y las manos llenas de sol. Su sonrisa es exactamente la misma.
Nos quedamos un segundo mirándonos. Después nos abrazamos como si el tiempo no hubiera pasado. Como si ese abrazo hubiese estado esperando desde siempre.
—Madre mía... —susurra ella, riéndose contra mi cuello—. No me lo puedo creer.
—Estás igual —le digo, separándome un poco—. Bueno, más artista.
—Y tú más... tú. Pero joder, cuánto tiempo.
Nos miramos con los ojos brillantes. Como si hubiéramos vuelto a ser dos adolescentes sentadas en la plaza, hablando de huir, de vivir, de no acabar como “los demás”.
—¿Y tú? ¿Qué haces aquí? —pregunta Clara, con las cejas alzadas—. ¿Vacaciones, exilio voluntario, terapia rural?
—Un poco de todo. Vine a ver si todavía quedaba algo mío entre estas calles.
Clara asiente, como si entendiera exactamente a qué me refiero.
—¿Te vas a quedar unos días?
—Sí. Con Aitor. No sé si lo recuerdas...
—¿Aitor? ¡Claro! El chico de la sonrisa perfecta.
—Y aun así nunca se presentó a un casting para Profident.—bromeo.
Clara suelta una carcajada y me coge del brazo.
—Pues no te me escapas. Vente esta noche a casa. Estoy viviendo en la antigua vaquería. La convertimos en taller y casa. Hacemos cenas los viernes. Gente maja. Sin juicios. Te va a gustar.
—¿Y si me da por llorar sin motivo?
—Entonces llora. Tenemos servilletas y vino. En serio, ven. Me hará bien verte. Me hacías falta. Y a Aitor también que hace años que no le veo.
Y eso último, me desarma un poco.
—Vale —le digo—. Nos vemos esta noche.
Nos despedimos con una promesa que no pesa. Con esa ternura vieja que sobrevive a los años.
Cuando vuelvo a encontrarme con Aitor, lleva una bolsa en la mano y me mira curioso.
—¿Quién era?
—Clara.
—¿Clara? ¿La de los dibujos en los brazos y las ideas revolucionarias?
—Esa misma.
—¿Y?
—Nos ha invitado a cenar. Dice que hay vino y gente sin juicios.
Aitor sonríe, satisfecho.
—Entonces vamos. Aunque sea por el vino.
Salimos del súper. El sol cae de lleno sobre la plaza y, por primera vez en mucho tiempo, el pueblo no me parece solo una herida.
También puede ser un lugar donde volver a respirar.
ººººº
—¿Estás segura? —pregunta Aitor por quinta vez mientras aparca frente a la casa.
—No. Pero ya estamos aquí —respondo, mirando la fachada como quien mira una versión congelada de su infancia.
Es la misma. La pintura desconchada, el buzón torcido, las plantas secas en las macetas de siempre. El porche chirría al pisarlo. Aitor va detrás de mí, en silencio.
Dudo antes de tocar el timbre. Pero antes de que lo haga, la puerta se abre.
Y ahí está ella.
Mi madre.
Con el pelo más blanco que recordaba. Con un delantal floreado y los ojos entrecerrados por el sol. Me observa durante un segundo. No dice nada. Yo tampoco. El corazón me golpea tan fuerte que casi no oigo cuando, por fin, habla:
—¿Vais a quedaros ahí parados toda la tarde? —dice, y en su voz hay un intento de sonrisa—. Pasad, que se va a enfriar la comida.
Aitor se me adelanta. La besa en la mejilla como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Qué alegría verte, Carmen.
—Tú sí que has crecido bien, hijo. Entra, entra.
Yo tardo un poco más. Me muevo como si la casa fuera un terreno minado. Y, sin embargo, al cruzar el umbral, no siento la explosión que esperaba. Solo una especie de vértigo.
Todo está igual. El mueble del recibidor. Las fotos en blanco y negro. El olor a comida casera y a suavizante.
—He hecho albóndigas —dice mi madre, sin mirarme del todo—. Con la receta de tu abuela.
Asiento. No sé qué decir. Nos sentamos a la mesa. Aitor se encarga de la conversación, como un puente entre dos orillas que no se atreven a tocarse.
—Esto está increíble —dice él, mojando pan en la salsa.
—No seas exagerado —responde mi madre, pero se le escapa una sonrisa.
Yo apenas hablo. Como en silencio. Mi madre me sirve más sin preguntar, como antes. Pero esta vez, me mira un momento.
—Estás muy delgada.
—Estoy bien —respondo.
Silencio. Pero no hostil. Solo... prudente.
Después del postre (natillas caseras), recogemos entre los tres. Cuando Aitor se ofrece a fregar, mi madre se ríe.
—Tú sí que vales. No como esta que nunca quería lavar un plato.
Y lo dice sin veneno. Como un intento de acercamiento. Yo sonrío, apenas.
Nos despedimos con la promesa de volver a desayunar al día siguiente. No hay abrazos, pero tampoco hay reproches. Es mucho más de lo que temía.
Cuando salimos, el cielo empieza a teñirse de naranja. El aire huele a campo y a leña. Caminamos en silencio hasta la casa de los padres de Aitor, donde nos íbamos a quedar finalmente. Durante el trayecto creí que sería lo mejor.
—No ha estado tan mal —dice él, sin mirarme.
—No. No ha estado tan mal —repito, y por primera vez, lo digo sin sarcasmo.
Entramos. Los padres de Aitor no estaban en casa. Me cambio de ropa. Algo cómodo, pero presentable. Un vestido ancho, unas sandalias. Me recojo el pelo como hacía de adolescente, sin pensarlo. Me miro en el espejo. Me reconozco a trozos.
Aitor aparece en el pasillo, con unos vaqueros con rotos y una camisa de color beige arremangada y olor a colonia barata.
—¿Lista?
—Lo estaré cuando me invites una copa de vino.
—Clara ha dicho que tiene varias botellas esperando.
Salimos hacia la antigua vaquería. Hacía las afueras. El pueblo se enfría poco a poco. Las luces se encienden. Y yo camino con una calma que no recordaba.
Porque a veces, volver también es sanar.
Incluso cuando no sabes que lo estás haciendo.
CAPÍTULO 7: EL VINO Y LO QUE NO SE DIJO
La casa de Clara es una maravilla visual, el jardín con luces pequeñas colgando como luciérnagas, la música sonando bajito desde una radio antigua, y esa mezcla de lavanda, tabaco y verano en el aire.
Aitor y yo cruzamos el portón. Clara está en la cocina, con un delantal sucio de harina y las mejillas encendidas. Nos ve y sonríe como si hubiéramos vuelto de una guerra.
—¡Joder, Julia! —dice, abriéndome los brazos—. Pensaba que si venías algún día, iba a ser en ambulancia o en forma de holograma.
—Todavía no soy tan moderna —le respondo, riéndome mientras me dejo abrazar.
Huele a vino blanco y a horno encendido. A refugio.
Nos guía hasta el porche trasero. Hay cinco o seis personas más. Caras que reconozco a medias, nombres que flotan desde la adolescencia. Ramón, el que tocaba la guitarra en las fiestas del colegio. Elena, que ahora lleva el bar del centro. Y una mujer rubia con voz ronca que no recuerdo pero me saluda como si hubiéramos compartido secretos.
Nos sentamos. Aitor se acomoda en una silla de mimbre y Clara nos sirve vino frío. La conversación es ligera, con risas, anécdotas del pueblo, y esa especie de complicidad que solo existe entre quienes se criaron bajo el mismo sol y las mismas miradas.
—¿Y tú qué? —me pregunta Clara, con los ojos entrecerrados y la copa en la mano—. ¿Te has perdonado ya?
La pregunta llega como un piedrazo en el agua quieta.
—¿Perdonarme qué?
—Lo que sea que llevas dentro desde que te fuiste.
Todos enmudecen un segundo. Aitor gira la cabeza, atento. Yo trago saliva. El vino me calienta el estómago pero no el pecho.
—No lo sé —respondo—. A veces creo que me fui huyendo, y otras que me fui buscando algo. Pero nunca supe muy bien el qué.
Clara asiente. Bebe un sorbo. Se inclina hacia mí.
Nadie habla. No hace falta.
—Y cuando me fui, pensé que la distancia curaría algo. Pero lo único que hizo fue alejar el espejo.
Clara me toma la otra mano. Fuerte. Presente.
—Estás aquí ahora. Y eso ya es una forma de volver a empezar.
La noche sigue, pero algo en mí se detiene. Como si una versión vieja de mí decidiera por fin sentarse, rendirse, dejarse ver.
Aitor recostado en silla, me hace un gesto levantando la copa de vino y me guiña un ojo. En sus ojos no hay sorpresa. Hay orgullo. Hay esa ternura que no pide nada a cambio.
—¿Quieres otra copa? —me pregunta Clara.
—Sí —respondo—. Pero que no esté muy fría. Esta vez no quiero anestesiarme. Quiero sentirlo todo.
Y lo digo de verdad.
Porque a veces, volver a casa no es volver al dolor, sino a la verdad. Y porque hay verdades que, por fin, ya no me asustan.
ºººººº
Después de perder la cuenta de las botellas de vino que habíamos bebido, los juegos de mesa, y los chistes malos habíamos decidido salir a tomar una copa por el centro y callejear.
El aire de la noche huele a tierra y a verano viejo. Caminamos en grupo hacia el pub de siempre, ese que en el pueblo nunca cambia de nombre porque nunca lo tuvo. Solo “el pub”. Clara va delante, arrastrando a todos con su risa escandalosa, y Aitor y yo vamos detrás, compartiendo un cigarro que sabe más a adolescencia que a tabaco.
La fachada del local está iluminada por una luz neón temblorosa. Dentro suena una canción de los 2000, algo que todos conocen pero nadie admite que le gusta. Entramos y el calor nos envuelve como una ola. Gente baila, ríe, se abraza. Algunas caras me suenan de lejos, como si las recordara desde una foto arrugada.
Pedimos copas. Aitor pide ron, yo pido lo de siempre: un whisky con hielo. Y Clara, como buena anfitriona del desastre, pide tequila para todos. A la tercera ronda, ya estamos bailando. Riendo. Dejándonos llevar. En ese momento había más alcohol en vena que sangre.
Por un momento —un minuto exacto— siento que el tiempo no existe. Solo estamos aquí, sudados, borrachos, vivos. Aitor me coge de la mano y me gira. Me río con los ojos cerrados. Me siento ligera.
Hasta que ocurre.
—¿Julia?
La voz viene de atrás. De donde no quiero que venga.
Me doy la vuelta y ahí está: Raquel.
Va con sus amigas, que las diviso detrás de ella. Todas perfectas en su descuido, como si les acabara de salir bien la vida sin pedir permiso.
Raquel lleva el pelo más corto, pero sus rizos están perfectos, los labios más rojos. Pero los ojos son los mismos. Inquietantes. Jodidamente honestos.
—Raquel —respondo. La boca seca. El corazón fuera de ritmo.
Ella da un paso. Me estudia.
—No sabía que estabas aquí.
—He venido unos días. A desconectar.
—¿Y cómo te va eso de desconectar?
Sus amigas ríen bajito, incómodas. Clara se gira, Aitor se pone un poco más cerca de mí, como quien no quiere intervenir pero tampoco permitir que me hunda sola.
—Bien — respondo, sin apartar la mirada —.
Raquel asiente. Mira mi copa, luego mis ojos.
—Leiste... — no la dejo terminar la frase y asiento con la cabeza —.
Siento que el corazón se va a salir en cualquier momento de mi pecho. Empiezo a sentirme observada por todos, por sus amigas, por Aitor, por Clara... y empiezo a agobiarme. Saco el paquete de tabaco y le señalo con la cabeza la salida. Paso por delante de ella y salgo disparada hacía la salida, en búsqueda de aire.
El pub desaparece. Todo lo que suena es un pitido blanco, como si el recuerdo me hubiera arrancado del cuerpo. Me paro, vuelvo a girarme y la observo detenidamente.
—Raquel —digo. La voz no me sale del todo.
Ella da un paso. No sonríe. Tampoco pide permiso.
—No pensé que te vería otra vez.
—Yo tampoco. Pero aquí estamos.
Esta a escasos centímetros de mi, y posa su mano sobre mis costillas, sobre mi cicatriz, sobre mi trauma, y sobre su recuerdo.
Me mira como si estuviera viendo un fantasma.
—Estás… —empieza a decir, pero se detiene—. No sabía cómo ibas a estar. Después de todo.
—Estoy viva. Tú también.
Aparto bruscamente su mano de mi. Me doy la vuelta y cojo aire. El corazón tiembla. Y vuelvo a mirarla con dolor.
—¡Tú no te desangraste en la puta calle por salvarme!
—¡Y tú no te fuiste con la culpa de haber causado todo!
Y ahí se queda, dicho. Como un golpe seco entre las costillas.
Silencio.
Pesa.
Me río, porque no sé qué más hacer.
—Eres increíble —le digo, casi con lástima.
Da un paso. Ahora está tan cerca que puedo oler su perfume. Y claro que es el mismo. Porque todo en ella tiene memoria.
Trago saliva. El corazón me golpea en la garganta. Estoy borracha, sí, pero eso no tiene nada que ver. Estoy rota. Es eso.
—No me toques —murmuro.
Pero no me muevo. No me aparto. Y ella lo sabe.
Me acaricia la cara con los dedos. Siento el temblor de su mano. O es el mío, no lo sé. El cuerpo me tiembla de una forma sucia. Humana.
Me acerco. Casi sin querer.
—Te odio —le digo. Y lo creo. Pero también quiero devorarla.
—No. Sé que no me odias.
Y entonces ya está.
La beso.
O me besa ella. O es el alcohol. No lo sé.
El caso es que nos besamos como dos bombas a punto de estallar. No hay ternura. Hay furia. Hambre. Rabia. Es un beso que no cura, que rompe. Que rasga por dentro.
Y ella responde. Se deja ir. Se me entrega como si fuera mía.
Y por un momento lo es. Por un momento, creo que la amo y la odio con la misma intensidad.
Pero me separo. De golpe. El aire entra como cuchillo. Me arden los ojos.
—Esto no debería haber pasado —murmuro—.
Raquel no dice nada. Me mira como si acabara de desenterrar algo sagrado.
—Lo sé —dice—. Pero no sabes cuánto lo necesitaba.
Doy un paso atrás. Luego otro. Me giro.
Y me voy.
Con el alcohol ardiendo en las venas, la boca entumecida y el corazón lleno de cristales rotos.
ººººººº
Camino sola. Con paso rápido
Las calles del pueblo están vacías, bañadas en la luz amarilla de farolas tristes. El viento huele a tierra, a pan viejo, a domingo sin consuelo. Mis pasos suenan huecos. No he avisado a nadie. Ni a Clara, ni a Aitor. No me importa. No quiero hablar. No quiero pensar.
Solo quiero que este temblor en el pecho se calle.
Cada paso que doy, lo doy con una mezcla extraña de vértigo y certeza. Como si supiera que estoy haciendo una estupidez, pero igual me lanzo. Porque a veces no se trata de hacer lo correcto. A veces se trata de sobrevivir.
Me meto por una callejuela que apenas recuerdo, como si mis piernas supieran el camino que mi cabeza todavía no acepta.
La odio, la deseo, la temo. Todo al mismo tiempo. Esa mezcla me arde bajo la piel, como fiebre vieja que nunca se curó.
Saco el móvil. La busco en instagram, lo dudo unos segundos. Mis manos tiemblan. La pantalla brilla como un testigo silencioso de mi debilidad.
Julia (escribiendo):
"Ves al mirador."
Lo envío antes de pensarlo. Me arrepiento al segundo. Pero ya está hecho.
Nada. Ni ticks. Ni respuesta. Solo ese vacío digital que amplifica el real.
Estoy borracha, sí. Pero no es el alcohol lo que me empuja. Es el hueco. Ese puto hueco que me dejó dentro.
¿Por qué cojones la he besado?
No tengo respuestas. Solo imágenes. Su boca. Su mirada. Su culpa. La mía.
El móvil vibra.
Un mensaje.
"En 10 minutos estoy."
Joder.
Corro.
No pienso. No razono. Solo corro. Como una idiota. Como una adolescente que todavía cree que un beso puede arreglar una herida abierta.
Mi pecho duele. Pero no por el esfuerzo. Por la esperanza.
Y eso es lo que más miedo me da.
CAPÍTULO 8: CUESTA ABAJO Y SIN FRENOS
El mirador está justo donde lo recordaba.
Ese banco de madera desgastado, el viento soplando desde los campos abiertos, la silueta de las luces lejanas marcando el límite entre lo conocido y lo que ya no sé nombrar. La veo de espaldas. Sentada. Una figura quieta en medio de la noche. El corazón me golpea las costillas como si me reclamara la vida que me quité durante tanto tiempo.
Me acerco despacio. Ella se da vuelta.
Raquel.
Y por un segundo, el aire se detiene. Porque nada ha cambiado y todo es distinto. Porque sigue teniendo esos ojos que me desarman. Y la misma herida mal cerrada en la comisura de los labios.
—Has venido —dice.
Asiento. No me fío de mi voz.
—¿Por qué? —pregunta.
—No lo sé. O sí. Porque no puedo seguir fingiendo que no me duele. Que no me jodes. Que no me importas.
Ella baja la mirada. Se muerde el labio.
—Yo tampoco puedo seguir fingiendo, Julia. No después de lo de esta noche.
Nos miramos.
Silencio.
Y luego el paso inevitable: me acerco, y ella no se aparta. Mi mano encuentra su mejilla, tibia. Ella entreabre los labios, y entonces la beso. No con ternura. Con rabia. Con todas las palabras que no dijimos en el hospital. Con todo el miedo que vino después. Con el deseo que nos sigue mordiendo por dentro.
Ella responde igual. Con hambre. Con urgencia. Nos besamos como si estuviéramos ardiendo. Como si estuviéramos castigadas a encontrarnos una y otra vez solo para volver a rompernos.
—Ven conmigo —me susurra, pegando su frente a la mía—. No hay nadie en casa.
No pregunto. No dudo. Solo asiento.
Nos perdemos entre calles, con los pasos desordenados, las manos enlazadas y las miradas clavadas como cuchillas. La casa de sus padres es la misma de siempre, pero ahora parece un lugar suspendido en el tiempo. Subimos las escaleras como si estuviéramos huyendo de todo lo demás.
La casa estaba en silencio. Raquel abrió la puerta como si aún temiera ser sorprendida, aunque sabía que no había nadie. Me dejó pasar y por un instante pensé en huir, en correr calle abajo y olvidarme de todo. Pero cuando me miró, cuando cerró la puerta tras de sí y nuestras respiraciones fueron lo único que se oyó en el pasillo, supe que ya no había vuelta atrás.
Y cuando cierra la puerta de su habitación, ya no hay palabras.
La habitación está a oscuras, apenas iluminada por la farola que entra a ráfagas por la persiana mal cerrada. Nos tropezamos con los muebles. Nos reímos con esa risa rota, nerviosa, como si estuviéramos cometiendo un crimen. Y quizá lo estamos.
Raquel me besa con la boca abierta, desesperada, y no hay tiempo para delicadezas. Me empuja contra la pared. Le arranco la camiseta como si me ardieran las manos. Mi lengua le recorre el cuello, y la oigo gemir bajito, pegada a mi oído. Sus caderas ya se mueven contra las mías, buscando fricción, buscando calor, buscando lo que nunca se apagó entre nosotras.
Nos besamos como si estuviéramos intentando olvidar todo lo que nos habíamos hecho. Como si la rabia, la culpa y el deseo se hubieran mezclado en algo oscuro y denso que nos explotaba en la boca. Me agarró del cuello, me empujó nuevamente contra la pared, y yo me dejé caer en sus manos. Me rendí. Quería que me rompiera. Que me hiciera sentir algo que no fuera esta herida constante.
Su piel estaba caliente, vibrante, y mis manos no sabían por dónde empezar. Quería morderla, chuparla, marcarla. Quería fundirme en ella hasta dejar de ser yo.
Me tumbó en la cama, con ese gesto seco que siempre me ponía a temblar. Su boca descendió por mi pecho con hambre, como si hubiera esperado años para tenerme así. Cada mordisco era una descarga eléctrica que me bajaba por el estómago y me explotaba entre las piernas. Me corrí con su lengua, con sus dedos, con su rabia. Con mi propio dolor convertido en fuego.
Y luego fui yo quien la tomó. La hice temblar sobre mis dedos, le besé el pecho con los dientes apretados, la sentí contra mi boca, húmeda, abierta, rota. Quería que no pudiera olvidarme. Que mi lengua se le quedara tatuada entre las piernas. Quería que se corriera gritando mi nombre y que ese grito la persiguiera cada vez que intentara dormir.
Nos follamos con años de distancia en el cuerpo. Con heridas abiertas. Con odio y amor mezclados. Con la desesperación de dos personas que se reprimieron, y que se seguían deseando con la misma intensidad con la que se hacían daño.
Cuando terminamos, cuando ya no quedaba nada más que sudor, piel y ese vacío en el pecho, nos quedamos calladas. Yo no podía mirarla. Ella me acariciaba la espalda como si no supiera qué hacer con sus manos.
Y en ese silencio, entendí que lo que acabábamos de hacer no podía arreglar nada. Pero también entendí que lo necesitábamos. Que yo lo necesitaba.
Aunque me partiera en dos.
ººººººº
Me despertó la luz que se colaba por las rendijas de la persiana. Tenía la boca seca, el cuerpo entumecido, y el calor de Raquel pegado a mi espalda. Su brazo aún me rodeaba la cintura, su respiración lenta y profunda rozaba mi nuca. Por un segundo quise quedarme así. Fingir que el mundo se había congelado en esa habitación donde solo existíamos ella y yo, sin culpas, sin preguntas.
Pero el zumbido insistente de mi móvil sobre la mesita rompió esa fantasía. Me giré con cuidado, deshaciendo su abrazo, y alcancé el teléfono con dedos torpes.
23 llamadas perdidas de Aitor. 14 de Clara.
Y los mensajes. Dios.
Aitor:
¿Dónde estás, joder?
Julia, responde ya.
Clara está hecha polvo, no sabemos nada de ti.
¿Estás bien? Solo dime que estás bien.
Clara:
No entiendo nada, Julia.
¿Te has ido sin decir nada?
¿Qué ha pasado con Raquel? ¿Estás con ella?
Por favor, dime algo.
Te quiero. Me duele no saber dónde estás.
Me senté al borde de la cama. Tenía la cabeza llena de algodón y el pecho a punto de romperse. El sabor de Raquel seguía en mi lengua, el tacto de su cuerpo aún temblaba en mis dedos, y sin embargo, la realidad me golpeaba como un ladrillo en la cara.
No había avisado a nadie. Me había largado como una sombra, sin pensar, sin cuidar a quienes sí habían estado ahí. Clara. Aitor.
Raquel murmuró algo y se removió entre las sábanas, girándose hacia mí con los ojos aún cerrados.
—¿Ya es de día? —preguntó con voz ronca.
Asentí, sin mirarla.
—Sí. Y tengo un puto desastre entre manos.
—¿Por lo de anoche?
—Por todo —dije. Miré el móvil otra vez—. Tengo que irme.
Ella no dijo nada. Solo me miró, quieta, con esa mezcla de orgullo y herida que siempre la acompañaba.
Estaba buscando mi vestido entre el caos de ropa cuando sentí que el colchón crujía detrás de mí. Raquel se había incorporado, medio envuelta en la sábana, con el pelo revuelto y los ojos fijos en mí.
—No te vayas todavía —dijo en voz baja, casi ronca.
No contesté. Me agaché a por mi sujetador, pero ella se acercó, se arrodilló detrás de mí en la cama y me rodeó con sus brazos, suaves pero decididos. Sentí cómo sus dedos rozaban mi abdomen, subiendo lentamente, hasta que los apoyó sobre la cicatriz. Esa línea irregular, pálida, que parte de mi costado y cruza hacia el centro.
—Lo siento...—susurró—.
Cerré los ojos.
—No hace falta que lo hagas, Raquel.
—¿El qué?
—Esto. Este teatro de redención. No necesitas tocar la herida para hacerla desaparecer.
Sus dedos no se movieron. Me abrazó desde atrás, con la frente apoyada en mi omóplato.
—No es teatro. Es lo único real que me queda de ti. Me recuerda que una vez te arrastraste por el suelo para salvarme la vida. Que sangraste por mí. Y que luego desaparecí.
—Sí. Lo hiciste. Me dejaste en una habitación blanca llena de morfina y silencio. Y en vez de quedarte, dejaste una carta. Una jodida carta.
—No sabía cómo mirarte —susurró—. No después de todo. No después de que hiciera lo que hice. No sabía cómo sostener tu mirada sin romperme.
—Yo sí me rompí —le dije, sin rabia, solo cansancio—. Muchas veces. Y ahora estoy rota de otra forma. No sé si puedo volver a unir esas piezas contigo.
Raquel me giró suavemente y me obligó a mirarla. Tenía los ojos húmedos, pero firmes.
—Siento algo por ti. Aunque no sepa cómo hacerlo bien. Aunque no merezca una segunda oportunidad. Y eso no se va porque decidas irte esta mañana.
Sus dedos volvieron a acariciar la cicatriz, pero esta vez fue diferente. Como si, al tocarla, quisiera decirme que entendía todo lo que habíamos perdido. Todo lo que quedaba entre nosotras.
—Raquel... —le dije con voz quebrada—. Si me quedo, no me vas a arreglar. Solo voy a romperme distinto.
Ella asintió. No intentó detenerme.
—Solo prométeme que esta vez no vas a desaparecer sin dejar huella.
Le tomé la mano que reposaba en mi vientre y la apreté suavemente.
—No. Esta vez voy a enfrentar todo. Aunque me parta por dentro.
Me vestí en silencio. Antes de abrir la puerta, la miré una última vez.
Ella seguía allí, en medio de la cama deshecha, con la sábana enredada en las piernas y mis huellas aún en su piel.
Y por un segundo, todo en mí quiso volver.
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